Tu razón de peso

Por Pablo Galván

El amor se presenta bajo distintas formas: muchas de ellas no siempre advertimos, aunque nobles sean en su forma de ser, y muchas otras son meras apariencias.

Celebrar las primeras cuando se detectan oportunamente es algo de lo que podrás estar segura que no te vas a arrepentir, pero celebrar las segundas -las apariencias- te puede salir caro, en especial si lo dejas avanzar demasiado.
 

Si bien, todos queremos ser correspondidos de alguna forma, en el estira y afloje de consolidar una relación amorosa, la ilusión puede nublar juicios. Las mínimas inseguridades pueden quedar relegadas a nada comparado con el
beneficio que una unión en matrimonio puede prometer cuando le buscas por ese lado.

Entonces, todo pinta de ensueño. Apenas se anuncia, empiezas a planear la boda del año, segura de que tu inversión amorosa, puesta en un proyecto de tal envergadura, traerá rendimientos del mismo modo que tu ilusión te los da en el momento.
 

De pronto, comienzan los roces. Ignoras los primeros topes -si es que realmente son los primeros- y sigues planeado pensando que todo eso desaparecerá. La boda crece y con sus aumentos por primera vez dudas si
debiste haber llevado las cosas tan lejos. Puedes terminarlo ahí o repensar tu
estrategia, más tu inversión puede ya no arrojar los mismos beneficios.

 

Y entonces aprendes la lección.

Por más que un castillo se vista de oro, si no tiene buenos cimientos, tarde o temprano se vendrá abajo.

Muy al contrario, si construyes tu sueño sobre pilares firmes, sea mucho o poco lo que decidas revestirlo a la hora de celebrar, sabrás de corazón que has hecho una buena inversión. Las mejores bodas se construyen poco a poco, y ningún concepto cuenta mejor su historia que el saber auténticos a sus personajes protagonistas.

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